La “zona de confort”

El concepto “zona de confort” es muy utilizado en coaching, e induce a error la primera vez que lo escuchas. Parece que sea el término que define una situación en la que nos encontramos bien, cuando no tiene porqué y, de hecho, muchas veces nos encontramos realmente mal y necesitamos salir de ella para encontrarnos mejor.

En realidad, la zona de confort es un estado al que nos hemos acostumbrado, donde nos hemos creado unos hábitos que marcan nuestro comportamiento y nos hemos autoimpuesto unos límites y unos pensamientos, sin plantearnos cambiar, o sin atrevernos a ello. En este estado podemos estar bien o ser infelices, pero en todo caso nos marca las decisiones que tomamos, ya que éstas se hallan dentro de los límites para que nuestro estado no cambie. Como consecuencia no arriesgamos, no hacemos nada diferente, y en caso de que seamos infelices, nos impide salir de la trayectoria que nos hace infelices.

Para que una terapia funcione (y en el coaching es vital) debemos estardispuestos a hacer cambios, a arriesgar, y para eso necesariamente hay que salir de la zona de confort. Hay que trasladar lo que nos dice el terapeuta a nuestra vida cotidiana, y precisamente nos resulta difícil porque somos “animales de costumbres” y nos cuesta romper con los hábitos. Pero de nada sirve hacer terapia si luego nos aferramos a la situación que teníamos de inicio.

Fuera de la zona de confort se halla la zona de aprendizaje, donde intentamos cosas nuevas (nuevas decisiones, nuevas actitudes, nuevas conductas…) que nos pueden salir bien o mal, pero que en todo caso nos van a servir para aprender a dar respuestas diferentes a las situaciones que se nos plantean, cambiando el resultado. Esto es lo más importante: si lo que teníamos nos mantenía estancados, las nuevas estrategias nos dan todo un nuevo abanico de posibilidades que pueden llevarnos a una situación mucho más satisfactoria, y finalmente, a conseguir nuestros objetivos.

Mi opinión:

Estoy totalmente de acuerdo con los autores de este post en lo que concierne a la comodidad de la zona de confort. No es que la persona se encuentre bien en esa situación, sino que muchas veces nos resistimos a cambiar una situación por miedo a lo desconocido y miedo al fracaso. Pensamos que “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”, cuando la mayoría de las veces no tiene por qué ser así. Falta un poco de autoconfianza y seguridad en uno mismo para atreverse a salir de la zona de confort y entrar en la de aprendizaje, donde no sabemos que puede pasar pero, de todos modos, si ya estamos mal, ¿qué perdemos por intentarlo? Al menos, nos quedará la satisfacción de que conseguimos atrevernos y arriesgar en aras de un futuro mejor. Al no depender el éxito completamente de nosotros, no lo tenemos garantizado pero sí podemos estar satisfechos en el sentido de que lo intentamos y lo hicimos lo mejor posible.

¿Qué opinas tú al respecto?

Silvia Adame Fernández

Licenciada en Psicología

Máster en Gerontología, Dependencia y Protección de los Mayores

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3 comentarios

  1. Salir un poco cada día de la zona de confort es un buen propósito. Como bien dices, hay que arriesgar, sobretodo cuando no tenemos nada que perder… ¡Gracias por el enlace!

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  2. sayps

     /  29 septiembre, 2012

    Como me gusta decir en muchas ocasiones: “sin riesgo, no hay probabilidad”.

    Responder
  1. El riesgo de no hacer nada, de Asociación Jubilares. | Envejecimiento Saludable

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