Manual práctico Liderazgo Positivo: Comunicación positiva @JulianPelacho

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Este post no sólo habla de liderazgo positivo, sino que también se puede extraer información útil sobre comunicación con los demás, positiva y eficaz, basada en el conocimiento de nuestros logros y nuestras fortalezas personales. Al conocer mejor nuestros logros, nos resulta más fácil identificarlos en los demás y construir así relaciones más positivas, basadas en comunicación positiva en detrimento de la comunicación negativa.

 

Javier no va a dar feedback a sus colaboradores entre sesión y sesión. Ni por asomo. Participa con sus compañeros –mandos intermedios- en un proyecto de gestión por competencias asociada a laimplantación del sistema lean manufacturing en su empresa. Los líderes tienen que evaluar formalmente las competencias de los miembros de sus equipos como consecuencia de este modelo de gestión. Esta función es nueva para ellos y necesitan un entrenamiento previo.

De qué poco le ha servido a Javier haberse sentido bien consigo mismo un par de horas antes. Y lo importante no es el haberse sentido bien, que no es poco, sino la razón que le ha hecho sentir bienestar. Porque Javier tiene fama en su empresa de ser un experto en su materia, de ser un gran técnico. Pero es, como directivo, una persona fría y muy poco cercana a sus colaboradores. Por lo visto, es también bastante frío en su relación consigo mismo. De ahí su extrañeza al haberse topado en el inicio de la sesión de entrenamiento con emociones como la sorpresa, la tranquilidad, el orgullo o la alegría. Sentirse bien consigo mismo en el entorno laboral es un hecho poco frecuente en el caso de Javier. Y se le nota. Su expresión de incredulidad, de asombro –casi- lo dice todo. El bienestar y el trabajo son para él –como para casi todas las personas de esta empresa- conceptos incompatibles.

¿Qué ha hecho brotar en Javier –y en sus compañeros de proyecto- esas emociones? Simplemente, les hemos invitado a realizar la actividad “el árbol de la autoconfianza”. Antes de evaluar a otros, es mejor evaluarse a uno mismo. Si somos capaces de identificar nuestros logros profesionales, estaremos en mejor disposición de apreciar los logros ajenos, por pequeños o cotidianos que nos parezcan. Si, además, somos conscientes de qué fortalezas nos permitieron conseguir éste o aquél logro, es posible que experimentemos emociones positivas. Porque volvemos a saborear aquello que nos pasó desapercibido –por normal-. Porque lo que en su momento nos creó malestar, con la perspectiva del tiempo, cobra sentido. Compartir estas experiencias con los “grupos sabios” siempre es un motivo de satisfacción para nosotros cuando realizamos esta actividad. Prueba a hacer esta actividad, ¡ya nos contarás!

De hecho a muchos participantes les cuesta identificar inicialmente un logro profesional. Cuando no existe una cultura del reconocimiento (Greenberg y Arakawa), todo, aunque cueste, es “normal” y se supone que hacer bien nuestro trabajo es, sin más, lo que se espera de uno. Y punto. Cuando, además, la velocidad con la que vivimos no nos permite “parar”, cualquier logro queda sepultado por cientos de nuevos objetivos, decisiones, imprevistos… Pero en este proyecto, Javier y sus colegas han parado y han saboreado, con consciencia, el hecho de saberse y sentirse competentes. Por eso experimentan bienestar. Se sienten, además, apreciados y apoyados por sus compañeros de proyecto en este descubrimiento pues muchos de los logros acaban siendo comunes.

Ninguno de los participantes conocía las investigaciones de Kim Cameron sobre Liderazgo positivo. Pero como si las hubiesen conocido. Porque se da cuando el lenguaje afirmativo y solidario sustituye al lenguaje negativo y crítico. Porque los comentarios positivos de aprecio, apoyo, ayuda, aprobación o los halagos sustituyen a los negativos que manifiestan crítica destructiva, desaprobación, insatisfacción o descalificación. Para Cameron, el líder debe saber elogiar y ser comprensivo, sin dejar la corrección y la crítica cuando sean necesarios, pero éstos siempre en contexto positivo. Por eso, identificar fortalezas asociadas a logros así como dar feedback correctivo de modo adecuado son dos estrategias clave del líder positivo.

En esto, sencillamente, ha consistido la actividad del “árbol de la autoconfianza”. Ahora ya saben –a través de su experiencia personal- cómo hacer sentir competentes a sus colaboradores. Apreciar sus fortalezas y reforzarlas cuando han sido claves en la consecución de los objetivos es una estrategia relativamente sencilla y altamente positiva vistos los resultados. La sesión termina y queda pendiente para la siguiente analizar el impacto del trabajo de campo propuesto entre sesión y sesión: simplemente “dar feedback”

Roberto, otro de los participantes, se despide amablemente. No sin antes compartir conmigo su bienestar –aunque no sabe a ciencia cierta a qué se debe- y la mejora de las relaciones con sus compañeros durante estas semanas de proyecto. Incluso han vuelto a quedar después del trabajo para tomar algo. Está contento y yo me alegro sinceramente por él pues lo que está experimentando es fruto del esfuerzo y curiosidad con el que se está manejando en este escenario de aprendizaje.

Pero Javier en cambio, se muestra taciturno a la finalización de la sesión. “¿Qué te pasa”, le pregunto. “No voy a dar feedback”, responde hierático. Ante mi pregunta de por qué, responde que “en esta empresa nadie dice esas cosas y yo no le he hecho nunca; así que mejor seguir con lo mío no sea que alguno vaya a pensar que quiero algo de él”.

No le contradigo. Lo dejo en sus manos pues, en el fondo, le comprendo. Mirando hacia la alta dirección sé que no hay un líder positivo que vaya a apreciar el trabajo de Javier, Roberto y los demás mandos intermedios. Y, con toda seguridad, este Director General querrá que la gente sea muy competente para conseguir resultados a través de los sistemas innovadores de mejora continua que está implantando.

Queda camino por andar, afortunadamente. Y mucho que aprender. Pues de nada sirve disponer de nuevos sistemas de gestión o de últimas tecnologías si un supuesto líder consigue sistemáticamente que sus equipos no se sientan competentes mediante el uso de una comunicación descalificadora y de desaprobación casi constante. Líderes negativos…¡qué poco se sospechan de nuevo a sí mismos!. Pero la semilla del liderazgo positivo, más saludable y más productivo, está plantada. Al tiempo.

Nosotros… ¡seguimos!

Julián Pelacho

Director de Conmac Acción Positiva

Saber manejar las discusiones y recibir críticas.

http://www.europapress.es/salud/noticia-saber-escuchar-salvaguardar-estado-emocional-claves-evitar-discusion-20121124132315.html

Las discusiones peligrosas, que son aquellas en las que “tenemos como prioridad tener la razón”, no suelen lograr ningún resultado y son capaces de dañar la relación entre las personas implicadas, por ello el psicólogo Antonio de Dios recomienda escuchar, evitar los individualismos, tratando de salvaguardar el estado emocional de la otra persona.

Las discusiones, aquellas que no forman parte de un debate, sino que puede calificarse de pelea, ya sea en el ámbito familiar, social o laboral, son “peligrosas”, porque dañan la relación y traición a los valores, explica a Europa Press este especialista del Hospital USP Marbella.

En parte la culpa es del cerebro, ya que como indica, “ante una situación de estrés o peligro, el cerebro emocional consigue que las personas dejen de pensar para salvar la identidad personal”, esto provoca que,“al tratar de salvar nuestra identidad, se dañe la del otro”.

En una discusión, “las personas implicadas suelen luchar por tener la razón. Lo que no solemos percibir es que, cuanto más tratamos de tener razón, más empujamos al otro a ponerse a la defensiva y a dejar de escuchar”; cuando se llega a esta situación, además del gasto de energía, “jamás se llega a un entendimiento”.

Así, a la hora de dar las pautas necesarias para tener una discusiones eficaz, destaca como muy importante tratar que la otra persona se sienta segura antes de intentar tener razón, es decir “salvaguardar el estado emocional” y eso se consigue, sobre todo, “sabiendo escuchar”.

“Cuando escuchamos el mensaje que se trasmite al otro es que es importante para mi, y cuando se trasmite ese mensaje, entonces, esa persona puede sentirse segura”, afirma, aunque para escuchar bien debe hacerse desde los valores de la otra persona, ya que “la clave es escuchar sin tener porqué estar de acuerdo”. En resumen, “hay que hacerle sentir importante, válido y seguro”.

MEJOR ESCUCHAR QUE HABLAR

A su juicio, “cuando la discusión pasa un nivel de excitación, la otra persona ya no está escuchando, está a la defensiva, cualquier conversación no va a llegar a ningún punto, porque no va a haber posibilidad de entendimiento”.

Por otra parte, “si se produce una discusión lo más importante no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Debajo de la conversación que trata de dirimir quién tiene razón hay otras que versan sobre las emociones de cada persona y también sobre su validez”.

De este modo, De Dios reafirma que “dos no discuten si uno no quiere”. Las claves para evitar una discusión es dejar de hacer monólogos y empezar a hacer preguntas, ya que “las personas más eficaces en una discusión son las que pasan más tiempo escuchando que hablando y sus intervenciones son curiosas y llenas repreguntas”.

Del mismo modo, afirma que las personas más eficaces son aquellas que saben escuchar y hacer sentir bien a los demás, “ser capaces de manejar conversaciones difíciles es garantía de éxito”. Uno de los motivos más frecuentes por los que las discusiones son inútiles es porque nos olvidamos de respetar las interpretaciones y, sobre todo, los valores de la otra persona.

Aunque desconoce si han aumentado las discusiones con respecto a otras épocas, sí cree que se discute mucho, posiblemente debido a que “la sociedad actual fomenta la inseguridad individual”“Normalmente lo que se hace bien vale poco, mientras que cuando se hace algo mal todo el mundo lo señala”, añade.

RESPECTAR LOS VALORES

“Normalmente estamos tan pendientes de nuestro punto de vista que lo defendemos incondicionalmente sin ni siquiera pensar que si la otra persona opina diferente quizás sea porque tiene información que nosotros no tenemos” y, en este sentido, advierte de que “solemos considerar que lo que está bien es aquello que comparte nuestros valores”.

“Pero quizá lo más importante sea aceptar que en ocasiones los valores de cada persona son diferentes y tenemos que elegir entre respetar los de los demás y hacerles sentir escuchados, entendidos y valorados, o defender los nuestros (valores) pese a que con ello estemos renunciando al Amor para tener razón”, añade.

De Dios cree que el problema no es tanto por qué se discute, sino que se discute normalmente porque la persona se encuentra insegura; “nadie debe tener poder sobre las emociones de uno a no ser que se le permita, y si no se siente insegura la persona, no entra en una discusión”, afirma.

Del mismo modo, aclara que, ante una discusión, uno no debe buscar ser refutado por el otro ya que, lo importante, “es ponerse en el lugar del otro”. “Cuando una persona necesita sentirse entendido en una discusión es una cuestión emocional, entonces debería preguntarse por esa dependencia, por qué como adulto tiene necesidad de ser entendido”, concluye.

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Mi aportación:

Cierto es que cuando alguien nos comenta algo que le molesta de nosotros, es decir, nos hace una crítica, nos ponemos a la defensiva y dejamos de escuchar. En el curso que impartí la semana pasada estuvimos trabajando cómo recibir críticas. Al igual que comenta el psicólogo entrevistado, lo primero es practicar la escucha activa. Prestar atención al contenido de la crítica. Además de intentar comprender qué es exactamente lo que le ha molestado a la persona de nosotros, hacemos que se sienta escuchada y favorecemos la comunicación. De otro modo, si no escuchamos y estamos a la defensiva, favorecemos la discusión e impedimos el buen entendimiento entre las partes. Por eso es tan importante.

Por otro lado, cuando la crítica es general, siempre es recomendable preguntar e intentar concretar. Preguntas del tipo ¿A qué te refieres con … (que soy una egoísta, por ejemplo)? Cuanto más clara y concreta sea la crítica, más fácil será comprenderla, ponerse en el lugar del otro e intentar cambiarla, si se está de acuerdo con ella.

Pero además de prestar atención a lo que dice la otra persona y concretar acerca de lo que se nos critica, es importante empatizar con la persona y mostrarle nuestro acuerdo o desacuerdo. También tenemos que tener en cuenta que hacer una crítica o pedir un cambio de comportamiento no es fácil. Probablemente, la persona no quiera que nos enfademos con ella y le cueste decírnoslo, lo mismo que nos pasaría a nosotros si queremos hacer una crítica. Por ejemplo, podemos decir “entiendo que te sientas molesto, yo estaba en esta situación…”.

Cuando la situación se vuelve acalorada y ya no sabemos ni lo que decimos, siempre es mejor practicar el autocontrol y dejar la discusión para otro momento, respetando así los valores del otro. Una vez se haya pensado con tranquilidad, la situación se ve de otra manera y también facilita que nos pongamos en el lugar del otro. Muchas veces viene bien escribir una carta dirigida a la persona contándole cómo vemos la situación y cómo nos sentimos. Al final de la carta, habremos cambiado nuestra opinión sobre la situación. Al principio, nos sentimos dañados y no podemos ponernos en el lugar del otro, pero conforme escribimos, vamos viendo la situación desde ambas perspectivas.

Sin más, espero que lo pongáis en práctica. Son consejos muy útiles, que favorecen las relaciones interpersonales.

Un saludo,

Silvia Adame Fernández

Máster en Gerontología, Dependencia y Protección de los Mayores.

 

 

Resiliencia: 5 habilidades para afrontar adversidades

Hoy he descubierto este articulo. Estoy de acuerdo con lo que expresa y quería compartirlo con vosotros. ¿Qué opináis?

19/10/2012 Nacho Muñoz 

resilencia

Es curioso que descubramos palabrejas ya en edad adulta, cuando parece que son ya pocas las definiciones de nuestro diccionario que nos pueden sorprender. Pero sí, para muchos todavía queda un mundo de letras y significados por descubrir, términos que proceden de disciplinas específicas que son muy inspiradoras por el poder que tienen en otros escenarios distintos. ¿Algunos ejemplos de este tipo de palabros? Hay varios: asertividadserendipiatensegridaditeraciónempatía, resiliencia, procastinación

Muchas de esas palabras logran ordenar y conectar todo un cúmulo de ideas que andan por ahí dispersas. Cuando conocemos y entendemos uno de esos conceptos, de repente parece que por fin nos hemos explicado a nosotros mismos una realidad algo borrosa con la que nos enfrentamos diariamente. Uno de esos términos es cada vez más conocido… y necesario, porque señala directamente a cómo nos enfrentamos a las adversidades, ahora que las tenemos (casi) siempre presentes: se trata de la resiliencia.

Nacho Muñoz (@ignacionacho) dirige dos programas Master en Dirección de RRHH: en la UMA y en la UCO. Además, es responsable de consultoría en eMOTools, empresa especializada en innovación, donde está desarrollando una investigación sobre iskills(habilidades para innovar en la nueva economía)

Origen del palabro “resiliencia”

Aunque tiene un origen similar a la palabra estrés,ya que ambos proceden del ámbito de la mecánica, su uso está extendiéndose cada vez más en el ámbito de la psicología. Si el estrés, en origen, define el esfuerzo al que está sometido un material (por ejemplo, un pilar de un edificio), la resiliencia se usa en la física para expresar la capacidad de recuperación que tiene ese material a causa del esfuerzo al que ha sido sometido. Hoy, el concepto tiene mucho que ver con la persona y con esta realidad tan aparentemente nociva que nos está tocando vivir.

¿Qué es la resiliencia y por qué conviene saber más sobre ella?

La resiliencia(psicológica) consiste en la capacidad de hacer frente a las adversidades, superarlas e, incluso, ser transformados por el propio proceso. Al igual que un objeto abollado recobra su forma primitiva si tiene la suficiente elasticidad, los seres humanos dotados de resiliencia serán capaces de salir de una dificultad si consiguen desarrollar cierta plasticidad en forma de habilidades… resilientes.

Ojo, la resiliencia va más allá del concepto de flexibilidad: no se alude solamente a la capacidad de adaptarnos al entorno, sino de la capacidad de adelantarnos a él. No se trata  únicamente de ser versátiles para cuando haya momentos complicados: la cosa es estar bien situados para cuando la adversidad te mire a la cara, tener la capacidad de enfrentarse a ella con los mejores recursos posibles y, además, salir reforzado de la lucha que tendremos con ella.

5 habilidades para ser resilientes y no caer en el derrotismo

1. Doblegar esfuerzos

“Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”

Es momento de darlo todo. Levantarse más temprano, leer más, relacionarse mejor… Las oportunidades no llegan caídas del cielo. La perseverancia y el estar en contacto de forma permanente con los contenidos asociados a las posibles oportunidades es una obligación que nos debemos tomar muy en serio. Debemos luchar de forma consciente contra la procastinación, porque cada día que pasa sin estar encima de lo verdaderamente importante (profesionalmente hablando) nos aleja de cualquier objetivo a la vista.

2. Apostar por la serendipia

“El verdadero descubrimiento no consiste en encontrar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos

Nos abandonamos en exceso a la planificación y, sin embargo, actuar de modo programado hace que olvidemos que en lo desconocido probablemente también podemos encontrar oportunidades. Debemos permitirnos salirnos del guión establecido y actuar contraprogramándonos a nosotros mismos: acudiendo a sitios diferentes o que no teníamos previstos, leyendo contenidos que aparentemente no tienen que ver con nuestro expertise, relacionándonos con personas que no conocemos.

3. Alejarse de la victimitis.

”Sólo triunfa en el mundo quien se levanta y busca las circunstancias… y las crea si no las encuentra“

“Yo no puedo”, “no va a servir para nada que lo intente”, “seguro que no consigo nada”, “la situación no es propicia”… son frases que nos aprisionan cuando tenemos que afrontar una decisión o llevar a cabo una acción que contenga cierto riesgo. Lavictimitis consiste en ponernos trabas a nosotros mismos, exagerando las debilidades y las amenazas, menospreciando las fortalezas y las oportunidades existentes. Alejarse de la victimitis es complicado. De pequeño ya éramos expertos en acudir a ella para dar respuesta a nuestros fracasos: “el profe me tiene manía”.

4. Saltar obstáculos

“Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”

Cuando tenemos una dificultad: ¿la interpretamos como un problema… o la interpretamos como un reto? Es un proceso prácticamente inconsciente, ojo, pero si encontramos retos y desafíos en lugar de problemas en nuestra vida, estaremos facilitando que la pasión sea el instrumento con el que nos enfrentemos a la adversidad, en lugar de la desidia y cierta sensación amarga que aparecen cuando enfocamos de forma pesimista el escollo.

5. Experimentar

“No he fracasado. Simplemente he descubierto diez mil alternativas que no funcionan”

Ya está bien de sancionarnos los errores. Es hora de recompensarnos los grandes fracasos y repensarnos los éxitos mediocres. ¿Tenemos verdaderas ambiciones o sólo el ánimo de cumplir con lo mínimo?  Los brazos cruzados no ayudan. Si aspiramos a algo grande, necesitaremos iterar todo el tiempo, probar, errar, aprender, mejorar… experimentar constantemente.

Foto cc Comrade Foot

La “zona de confort”

El concepto “zona de confort” es muy utilizado en coaching, e induce a error la primera vez que lo escuchas. Parece que sea el término que define una situación en la que nos encontramos bien, cuando no tiene porqué y, de hecho, muchas veces nos encontramos realmente mal y necesitamos salir de ella para encontrarnos mejor.

En realidad, la zona de confort es un estado al que nos hemos acostumbrado, donde nos hemos creado unos hábitos que marcan nuestro comportamiento y nos hemos autoimpuesto unos límites y unos pensamientos, sin plantearnos cambiar, o sin atrevernos a ello. En este estado podemos estar bien o ser infelices, pero en todo caso nos marca las decisiones que tomamos, ya que éstas se hallan dentro de los límites para que nuestro estado no cambie. Como consecuencia no arriesgamos, no hacemos nada diferente, y en caso de que seamos infelices, nos impide salir de la trayectoria que nos hace infelices.

Para que una terapia funcione (y en el coaching es vital) debemos estardispuestos a hacer cambios, a arriesgar, y para eso necesariamente hay que salir de la zona de confort. Hay que trasladar lo que nos dice el terapeuta a nuestra vida cotidiana, y precisamente nos resulta difícil porque somos “animales de costumbres” y nos cuesta romper con los hábitos. Pero de nada sirve hacer terapia si luego nos aferramos a la situación que teníamos de inicio.

Fuera de la zona de confort se halla la zona de aprendizaje, donde intentamos cosas nuevas (nuevas decisiones, nuevas actitudes, nuevas conductas…) que nos pueden salir bien o mal, pero que en todo caso nos van a servir para aprender a dar respuestas diferentes a las situaciones que se nos plantean, cambiando el resultado. Esto es lo más importante: si lo que teníamos nos mantenía estancados, las nuevas estrategias nos dan todo un nuevo abanico de posibilidades que pueden llevarnos a una situación mucho más satisfactoria, y finalmente, a conseguir nuestros objetivos.

Mi opinión:

Estoy totalmente de acuerdo con los autores de este post en lo que concierne a la comodidad de la zona de confort. No es que la persona se encuentre bien en esa situación, sino que muchas veces nos resistimos a cambiar una situación por miedo a lo desconocido y miedo al fracaso. Pensamos que “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”, cuando la mayoría de las veces no tiene por qué ser así. Falta un poco de autoconfianza y seguridad en uno mismo para atreverse a salir de la zona de confort y entrar en la de aprendizaje, donde no sabemos que puede pasar pero, de todos modos, si ya estamos mal, ¿qué perdemos por intentarlo? Al menos, nos quedará la satisfacción de que conseguimos atrevernos y arriesgar en aras de un futuro mejor. Al no depender el éxito completamente de nosotros, no lo tenemos garantizado pero sí podemos estar satisfechos en el sentido de que lo intentamos y lo hicimos lo mejor posible.

¿Qué opinas tú al respecto?

Silvia Adame Fernández

Licenciada en Psicología

Máster en Gerontología, Dependencia y Protección de los Mayores